YO SANTIAGO Mi nombre hebreo es Jacob como
YO SANTIAGO
Mi nombre hebreo es Jacob, como el nieto de Abraham, que significa “suplantador” porque Jacob le tomó el pelo y también la herencia a su hermano Esaú. Pero esa es otra historia.
EN MI CASO, YO FUI EL “SUPLANTADO” ALGUNOS ESCRITORES ME CONFUNDIERON CON OTROS SANTIAGOS En el grupo de Jesús estaba Santiago, hijo del Zebedeo, pescador de Cafarnaum. Yotro Santiago, hijo de Alfeo, que no recuerdo qué oficio tenía.
Pero yo era Santiago, el segundo hijo de María y José, hermano de Jesús, un par de años menor que él.
Luego mi madre tuvo a José, que llevó el nombre de mi padre. A mis dos hermanas. A Judas, que no deben confundirlo con el Iscariote. Y a Simoncito, el benjamín de la familia. Éramos siete, cinco niños y dos niñas. Mis otros hermanos no salieron en la foto porque fueron a buscar leña
MI PADRE MURIÓ JOVEN LO CRUCIFICARON JUNTO A OTROS MUCHOS GALILEOS CUANDO LA REVUELTA CONTRA LOS ROMANOS EN SÉFORIS
Mi madre quedó viuda y tuvo que trabajar muy duro para criarnos a todos nosotros. Por eso le dolió tanto cuando Jesús, el mayor, se fue de casa. Viajó al sur a bautizarse con Juan en el río Jordán y ya no regresó. Empezó a predicar el Reino de Dios.
Al principio, mi madre y nosotros pensamos que Jesús se había vuelto loco. Hasta fuimos a buscarlo a Cafarnaum para traerlo de regreso a nuestro pueblo, a Nazaret. Pero él no se dejó. Cuando se le metía algo en la cabeza no había quien le hiciera cambiar de opinión.
Un sábado, Jesús se apareció en Nazaret, entró en la sinagoga y empezó a decir que había llegado el Año de Gracia, la cancelación de las deudas, el tiempo de la liberación de los pobres. ¡La que se armó! Le gritaban: ¡Médico, cúrate a ti mismo! Porque mi familia era muy pobre. ¿De qué nos iba a liberar mi hermano si era un muerto de hambre como todos nosotros?
Poco a poco, fuimos entendiendo. Jesús nos abrió los ojos y los oídos. Nos hizo comprender que no éramos pobres por la voluntad de Dios sino por la avaricia de los ricos y la hipocresía de los sacerdotes.
Mi madre María también comprendió y se sumó al movimiento de Jesús. Se hizo muy amiga de otra María, la de Magdala, que acabó siendo la compañera de mi hermano. Una gran mujer.
En Galilea mi hermano sumó a mucha gente. El pueblo estaba con él, lo seguían, decían que sanaba enfermos, que hablaba mejor que los maestros de la Ley.
Con Jesús subimos a Jerusalén cuando la Pascua. Llegamos al Templo y al ver a los sacerdotes haciendo dinero con las cosas de Dios mi hermano los sacó a latigazos. ESO LE COSTÓ LA VIDA. LO APRESARON, LO TORTURARON, LO CRUCIFICARON IGUAL QUE A MI PADRE JOSÉ.
Tengo que confesarlo. Fui un cobarde. Yo y los demás hombres del movimiento abandonamos a Jesús y nos escondimos. Junto a la cruz donde agonizaba mi hermano sólo estaban mi madre y María, la de Magdala, la discípula a quien él amaba. Y otras mujeres.
Fueron las mujeres las que lo pusieron en el sepulcro y las que luego anunciaron que estaba vivo. Ellas nos dieron la buena noticia y resucitaron nuestros corazones. El mensaje de Jesús no podía morir.
Como yo conocía bastante a mi hermano Jesús y sabía cómo pensaba me eligieron para acompañar la primera comunidad. Nos reuníamos en varias casas de Jerusalén y poníamos todo en común. Éramos un solo corazón y una sola alma.
ENTONCES, APARECIÓ PABLO. . . Pablo era un gran tipo, muy emprendedor, y se entusiasmó con el mensaje de Jesús. Pero él no conoció a mi hermano. Nunca lo oyó hablar. Nunca comió con él ni conoció la cólera que sentía al ver a los huérfanos y a las viudas pasando hambre y a los fariseos dándose golpes de pecho.
Cuando Pablo vino a Jerusalén, después de uno de sus viajes, discutió con Pedro, con Juan y conmigo. Se puso a divagar sobre el pecado original y que en la sangre de Jesús se lavaban los pecados y que la fe y la gracia y que la cruz redentora. . . Lo enredó todo.
Hablaba bonito Pablo. Pero a mí me faltaba algo. ¿Dónde estaban los pobres? ¿Dónde estaba el mensaje justiciero de mi hermano? Porque Jesús nunca habló de sangre ni de redimir ningún pecado original. Mi hermano hablaba de amar al prójimo, de luchar por un mundo de igualdad y de justicia.
Fue entonces que me decidí a escribir una carta a nuestra comunidad para que no se perdiera la buena noticia que mi hermano Jesús anunció a los pobres.
Hermanos, supongamos que cuando están reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y entra también un pobre con un vestido roto. Si ustedes se fijan en el primero y le dicen: "Siéntate aquí, en el lugar de honor", y al pobre le dicen: "Quédate de pie" o “siéntate a mis pies", ¿no están haciendo discriminación entre ustedes?
Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman? En cambio, ¡ustedes desprecian al pobre! ¿No son acaso los ricos quienes les oprimen y arrastran a los tribunales? ¿No son ellos que blasfeman el hermoso Nombre que ha sido invocado sobre ustedes?
¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso puede salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario y alguno de ustedes les dicen: "Vayan en paz, caliéntense y coman", pero no les dan lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta.
Ustedes, los ricos, den alaridos por las desgracias que les vienen encima. Sus riquezas están podridas y sus vestidos apolillados. Su oro y su plata se han oxidado, y ese óxido dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego. ¡Han amontonado riquezas en estos días que son los últimos!
Miren: el salario que no pagaron a los trabajadores está clamando y ese clamor ha llegado a los oídos del Señor del universo. Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y placer y se han cebado a sí mismos para el día de la matanza.
Aquellas palabras molestaron a muchos. También a los sacerdotes. Me arrastraron ante el Sanedrín, como antes habían hecho con mi hermano Jesús. Me condenaron a muerte y me arrojaron desde las murallas del Templo. Era el año 62
Poco después, en el año 70, los romanos invadieron Jerusalén y destruyeron el Templo. Nuestra comunidad fue diezmada. En aquel fuego se consumieron las ideas revolucionarias con las que nació el movimiento de Jesús.
Pablo seguía predicando el camino de Jesús por Corinto, por Éfeso, por Tesalónica, hasta por Roma. Pero en sus cartas ya no se reconocía el mensaje de justicia de mi hermano.
Porque Jesús dijo claramente que en el Último Día no nos preguntarán a qué Dios adoramos ni qué religión seguimos. Nos pedirán cuentas por lo que hicimos para que los pobres dejaran de ser pobres.
Lean mi carta. También la escribí para ustedes…
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