�Los mamelucos, audaces hijos del desierto, desconocían la disciplina, no creían en los cañones; cada uno de ellos confiaba exclusivamente en sí mismo, en su puñal de Damasco, en su caballo beduino, y en el Profeta — «¡Soldados! ¡Desde lo alto de esas Pirámides, cuarenta siglos os contemplan!» , dijo Napoleón. Y dispuso sus cinco divisiones en cinco cuadros, con los cuatro cañones en las esquinas: cinco ciudadelas vivas, erizadas del acero de las bayonetas»