Domingo 23º Tiempo Ordinario – Ciclo A “A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches las palabras de mi boca, les darás la alarma de mi parte” (Ez 33, 7).
Si el profeta no transmite la palabra de Dios, el pecador será culpable de su pecado, pero el profeta será responsable de su propio silencio.
Si transmite con fidelidad la palabra de Dios, puede resultar molesto y será perseguido, pero salvará su dignidad y el sentido de la llamada recibida.
Dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso has salvado a tu hermano”. (Mt 18, 15 -20)
Jesús nos recuerda que no debemos inhibirnos ante las faltas y pecados de los demás.
El otro es un hermano. No podemos repetir la actitud de Caín que renunciaba a ser guardián de su hermano.
“Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo”. En la comunidad cristiana nadie puede olvidar la dimensión universal y la resonancia eterna que tienen sus actos y cada una de sus omisiones.
Jesús nos recuerda la importancia de la oración. Si dos hermanos se ponen de acuerdo para pedir algo, será porque han dejado el egoísmo y el interés personal.
El evangelio nos anuncia el regalo de la presencia del Señor: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Señor Jesús, a veces nos sentimos solos, pero nos llamas a vivir la fe en el seno de la comunidad. Que tu Espíritu nos ayude a corregir a los hermanos y a aceptar su corrección, a orar con fe y desinterés y a dar testimonio de tu presencia entre nosotros. Amén.
José Román Flecha Andrés Texto: EL CÁNTARO, Ciclo A –Editorial Monte Carmelo 2016 Presentación: Antonia Castro Panero