Al tratar sobre la virtud de la penitencia
Al tratar sobre la virtud de la penitencia, decimos que para tener virtud interior, muchas veces debemos tener penitencias externas: Al menos sufrir con paciencia las adversidades de la vida y a veces hacer otras penitencias voluntarias que no sean obligatorias, hasta llegar como los santos al amor de la cruz.
Quien tiene este amor a la cruz no quiere decir que sea anormal, como le parecería a alguno. Para algunos este gozarse en el padecimiento sería como un defecto psicológico, quizá como un resentimiento o animosidad contra la alegría o una exaltación puramente sensible de la fantasía. Esto no puede ser en los santos, pues la Iglesia no los hubiera canonizado.
El hecho de que los santos amen a la cruz debe ser por amor a la voluntad de Dios en las cruces que nos envía. Puede y debe ser también por satisfacción de los pecados, por robustecer las virtudes, por mirar a una gloria más grande en el cielo. Pero sobre todo por amor a Jesucristo, porque Cristo está crucificado y unidos con Él, colaboramos en la aplicación de los frutos de la redención para nosotros y para los demás.
Acentuamos esto último “y para los demás”. Es decir, que las penitencias (mortificaciones) que hacemos, no sólo nos sirven a nosotros para saldar la pena de los pecados, sino que sirven también para los otros, como reparación de sus pecados. Esto es por la doctrina de “la comunión de los santos”: Los bautizados pertenecemos al Cuerpo Místico de Jesucristo y estamos unidos por la gracia, que es como la savia en un árbol o la sangre en un cuerpo.
Claro que no podemos reparar la culpa, pues la culpa del pecado es tan personal que cada uno debe volverse hacia Dios. Así que no podemos hacer algo directo para que se le perdone a un pecador su culpa, si el otro no quiere. Pero una vez perdonado, sí podemos satisfacer por la pena que merece su pecado. Esto es por la comunicación de los miembros de Cristo.
Esta comunicación la tenemos no sólo en esta vida sino en la otra. De aquí la ayuda que podemos dar a las almas que están en el Purgatorio. Podemos satisfacer con la oración, sobre todo si va unida con la penitencia o sacrificio.
Jesucristo no pudo hacer penitencia por sus pecados, pero sí lo pudo hacer como reparación por los pecados ajenos. Igualmente decimos de la penitencia de la Virgen María. El hacer penitencia por los pecados ajenos era un gran estímulo para los santos. Por eso hacían penitencias no obligatorias para desagraviar el corazón de Cristo, reparar los pecados y ayudar a tantas almas.
Esto es fundamental en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, como lo puso en práctica la confidente de esta devoción, santa Margarita Mª de Alacoque. Y no sólo ella sino tantos santos y santas que han percibido en su corazón este deseo de sacrificarse en reparación por los pecados ajenos.
Por ejemplo, una religiosa que vivió por los años 1920, sor Josefa Menéndez, sentía en su corazón grandes manifestaciones de Dios en este sentido. Ella sentía un estímulo de Dios para sufrir, hasta como si estuviera en el infierno, para ofrecerse a Dios en reparación de tantos pecados en el mundo. Con ello se manifestaba la misericordia de Dios para con los pecadores.
Estas personas, que son capaces de reparar por los pecados ajenos, están siempre a la disposición de Dios, para que el Señor haga lo que sea mejor para su gloria y bien de las almas. Ellos, como nosotros ahora, le podemos decir a Dios, que es nuestro Padre, que estamos siempre en sus manos.
Padre, me pongo en tus manos, Automático
haz de mí lo que quieras,
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te confío mi alma,
y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
porque tu eres mi padre. Hacer click
Este ponerse en las manos de Dios es como hacerse victima por los pecados del mundo. Se entiende que para ser víctima por los demás, se requiere que se haya purificado primero a sí mismo. Y que se ofrezca a Dios para que Dios actúe en uno. El Señor suele aceptar ese sufrimiento heroico y por medio de gracias extraordinarias va llevando a esa persona hasta unión casi perfecta con Cristo crucificado. Así en muchos santos.
Por ejemplo, santa Teresita del Niño Jesús se ofreció como víctima al Señor, muriendo a los 24 años después de sufrir terribles dolores ofrecidos por el bien de la Iglesia y especialmente por las misiones. Por eso es patrona de las misiones. Lo mismo que a Dios le desagrada el pecado, le agradan las ofrendas de tantas almas entregadas a su amor.
La penitencia como virtud, humanamente es difícil, sobre todo en el sentido de cruz que tenían los santos. Pero a ello estamos llamados. Esto cuesta, pero trae muchos beneficios. El gran beneficio es que esta penitencia nos lleva a la perfección. Y eso porque está íntimamente unida a las otras virtudes, especialmente al amor, que encierra a las demás.
Una virtud que brota espontáneamente de la penitencia es la humildad. La penitencia nos hace humildes y respetuosos para con Dios, pues delante del Señor vemos que somos unos pobres pecadores, que merecen el castigo; pero que viendo el mucho amor que Dios nos ha tenido, debe hacer brotar el gran amor hacia Él.
También nos hace humildes con los demás. El que se reconoce ofensor de Dios ve que no merece más, sino que le pisoteen todos. Alguno dirá que también los otros son pecadores. No tenemos por qué juzgar a los demás. Si nos sentimos pecadores, debe desaparecer también la envidia hacia los demás. ¿Quiénes somos para querer estar por encima de los demás?
Cuando uno tiene verdadera penitencia en que se prefiere lo peor para sí, va desapareciendo el egoísmo y viene la caridad y el saber perdonar a los demás. ¿Cómo no vamos a perdonar una miseria cuando Dios nos ha perdonado tanto? Y si sentimos que alguien nos ha injuriado, mucho más hemos injuriado a Dios.
Podemos recordar la parábola de aquel empleado que, después de haberle sido perdonado una millonada por un gran señor que le tuvo compasión, no quiso perdonar una cantidad pequeña a un compañero.
En medio de estas virtudes brota en estas almas una fuente insospechada de alegría espiritual. Alguno dirá: Si uno se mortifica tanto, tendrá que estar triste. Pues no, porque Dios le da una gran alegría, que es un fruto de tener el Espíritu Santo. Y cuando es profunda y habitual, la penitencia proporciona al alma una gran paz, que es otro fruto del Espíritu Santo. De modo que parece como un misterio.
¿Cómo puede unirse con tanta intensidad el vehemente dolor de las grandes penitencias en medio de una alegría intensa? Es una consecuencia de las bienaventuranzas. El problema es que no nos atrevemos; pero cuando uno se atreve, como los santos, a ofrecerse intensamente por Dios, entonces viene esa alegría y paz del alma.
Automático
Escucha, buen Señor, mi oración
En Ti me gozaré, Señor Jesús.
A ti mi vida entera rendiré.
Oh Señor Jesús, úngeme
y hazme dócil como tu quieras.
Tómame y dame fuerzas
para seguir tu camino.
Oh Señor Jesús, úngeme
Tómame y dame fuerzas
Hacer CLICK
Esa paz que tienen muchas personas que se han entregado verdaderamente a Dios y se ofrecen como víctimas por los demás proviene de que el ser humano se ha colocado en su sitio bajo el dominio total de Dios en clima de humildad. Estando en su sitio es cuando cada uno encuentra su felicidad. Esta alegría será sobre todo en el cielo.
De esta alegría propia del cielo hablaba Jesús: “Os digo que en el cielo será mayor la alegría por un pecador, que haga penitencia, que por 99 justos que no necesitan penitencia”. Uno cree que le ha dado mucho a Dios por hacer un poco penitencia, pero Dios nos dará muchísimo más, también en la tierra, pero sobre todo en el cielo.
Alguna otra razón porqué debemos hacer penitencia. Porque nuestra carne es como un enemigo, una tendencia que llevamos hacia el placer. Es lo que se llama: la concupiscencia. El placer de suyo no es malo. Dios lo ha puesto para que mejor empleemos nuestras actividades naturales. Por lo que llamamos “el pecado original” se rompió el equilibrio. Y desde entonces el apetito del placer se levanta muchas veces contra las exigencias de la razón y nos empuja hacia el pecado.
Es muy difícil mantenerse dentro de los límites racionales: Llegar a todo lo lícito y pararse justo a tiempo ante lo ilícito. Por eso es necesaria la mortificación cristiana en cosas lícitas. Pretender que nos vamos a detener en el mismo límite del pecado es andar haciendo equilibrios mucho más peligrosos que los que hacen los acróbatas en el circo.
Así que la mortificación es necesaria para poder vencer la inclinación hacia el mal. Pero si queremos mantenernos no sólo evitando el mal sino tendiendo a la perfección, habrá que cercenar más la tendencia hacia las satisfacciones materiales, aun sabiendo que esas satisfacciones pueden ser lícitas, mucho más si son peligrosas. Entonces estaremos más ciertos de amar a Dios.
Una razón de hacer penitencia es por justicia en nosotros mismos. Para el pecado contribuye el alma y el cuerpo. El alma repara con el arrepentimiento. También el cuerpo debe reparar con la penitencia. Como no hacemos lo conveniente, en la otra vida tendremos que satisfacer con el purgatorio. Será mucho mejor para nosotros, si vamos teniendo el purgatorio en esta vida en cuanto sea posible.
Otra razón para hacer penitencia es el celo por la salvación de almas. Decía santa Teresita: “Se salvan más almas con la penitencia y la oración que con la predicación”. En las apariciones de Fátima la Virgen exhortaba muchas veces a la penitencia. Lo tienen bien aprendido por experiencia los directores de movimientos cristianos y cursillos al pedir oraciones y penitencias para el buen fruto.
En cuanto a la predicación existe este principio: “Hace más fruto una palabra de un alma de Dios mortificada que muchas de un predicador, por muy florido que sea, sin ser mortificado”.
Sobre todo una norma esencial en las penitencias es hacerlas por amor a Dios. Si vemos a Cristo crucificado padeciendo por nosotros, ¿no vamos a padecer algo por Él? Jesús nos llama, escuchemos su melodía y sigámosle.
Escucha: Alguien llamó. Automático
Y vuelve con alegría,
a él que dio el amor,
a él que cada día nos entrega su perdón.
siempre lo encontrarás.
Siempre te amará.
Él es fuerza, amor y luz.
Síguelo y lleva su cruz.
Él es fuerza, amor y luz.
Síguelo y lleva su cruz.
Pero Jesús murió
tendrán un amanecer de gloria.
Con María que es llevada al cielo. AMÉN
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